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El Golfo Pérsico.


En Busher costeamos varias jornadas buscando un barco que nos cruce a Dubai. Pedaleamos a orillas de un mar cuyo nombre nos trae desagradables recuerdos. El negro de la guerra y del petróleo se tornan ahora de tonos más coloridos.
Flamencos, carracas y abejarucos resaltan sobre los ocres del desértico paisaje, un desierto que muere en unas aguas azul turquesa. Pero lo que le da verdadero color a la zona, son los alegres vestidos de las mujeres bandaris (porteñas) y lo que caracteriza a éstas es el uso del burqa (máscaras).

No sólo las mujeres ofrecen una imagen diferente, también los hombres de edad visten largas túnicas. No en vano, es en esta región donde se asienta la mayor parte de la población árabe de Irán, por lo que en pocos kilómetros tenemos la sensación de haber cambiado de país.
Esta zona, que en verano es un auténtico horno (50grados), a puertas del invierno disfrutamos de unos agradables 25 grados. Los pueblos que atravesamos viven principalmente de la pesca. Pero estos días un fortísimo viento impide a los barcos salir a faenar. Un ventarrón que afortunadamente golpea sobre nuestras espaldas. Ya no tememos esas infinitas rectas, cuando nos aburrimos de mover las piernas, dejamos que Eolo sea el que nos lleve en volandas sin pedalear. -Viento en popa a toda vela!-.